Estoy deprimida. Estoy oficial, científica y soberanamente deprimida. Las causas varían según el psiquiatra. El efecto es el mismo. Aquí sí no hay vuelta de hoja ni lugar al debate ¿Que le pasa a Amber Aravena? pregunta al unísono el Colegio de Psiquiatras del quinto infierno. E-S-T-Á D-E-P-R-I-M-ID-A-A-A contestan en coro doctores, enfermeras, pacientes, masco-tas. Ya ven, tan fácil que es aceptarlo. Amber Aravena está deprimida ¿Que tiene de particular? Kleber llegó a diagnosticar-me que la depresión es mi estado natural. Dijo algo así que en la oscuridad de mis estados depresivos yo me muevo como un pez en el agua. Tal vez debió haber sustituido la metáfora por un lagarto en el pantano o una lombriz en el lodo. sería más apropiado. En fin, es lo de menos.
Así que una vez aceptado el padecimiento, no me resta más que gozar de la depresión. Y tú, improbable lector, ¿Que piensas al respecto? Sin duda dirás, y te doy toda razón, que una de las formas más acabadas del tedio es leer el diario cibernético de una mujer deprimida. ¡Estoy deprimida, estoy deprimida, que emoción¡ Te felicito si has decidido ir a explorar a otro sitio.Ya bastante tienes con que en el escaparate de la librería te encuentres a una pendeja que se hizo millonaria contándole al mundo de su depresión y presumiendo las bondades del mierdozo prozac. Conste, tú sabes lo que haces. Leer que una mujer próxima a cumplir los 33 años se fue de viaje con su depresión a encerrarse en una casa playera es digno de una mala tarde dominguera de la peor calaña. Pero espera, espera, debes detenerte, porque ya he dicho antes que mi depresión no es sinóni-mo de tristeza ni angustia. No, de hecho estoy feliz. ¿Te ríes? Pues para mí no hay nada nuevo bajo el sol. Dado que en la biografía no autorizada de mi loca cabeza ya han desfilado todas las formas posibles de demencia, no debo sorprenderme por mi repentina felicidad. Todo, absolutamente todo tiene una explicación química. Después de todo no somos tan complicados como creemos. La cabeza es como un vil radiador de carro. En este caso es un atiborre de masa encefálica flotando en cierta mierda gelatinosa. Le faltan o le sobran ciertos fluidos incomprensibles como a cualquier maquinita. Y lo puedes controlar. Es como un maldito videojuego donde tú, o más bien el psiquiatra tiene el control ¿Porque crees que son millonarios los doc-tores de la mente? Lo único que tiene que encontrar es la ecuación adecuada, la receta de cocina que sea capaz de producir la reacción química esperada. A la mierda con eso de “mírate al espejo y di hoy seré la más feliz del universo”. A la mierda con el “tú vales mucho y eres una gran persona”, métanse por el culo lo “de soy hermosa interior y exteriormente” lo del angelito de la guarda, el aura positiva, el signo zodiacal, la energía de Venus y la segunda venida de nuestro Señor. Después de un largo kilometraje psiquiátrico me di cuenta de que esto es más sencillo de lo que parece. Pastillita mata autosugestión. ¿Para que complicarse la vida? El Carpe Diem sintético es el único camino posible. Pastillitas para arriba, pastillitas para abajo. Pa-ra dormir, para despertarse. Para alegrarse, para entristecerse. Para ponerse cachonda, melancólica, estudiosa, romántica, apá-tica. Si la maquinita cerebral se sale de la carretera, la pones estable con una pastillita. Si la máquina se sobrecalienta por es-tar tanto tiempo en el camino correcto, entonces hay que hacerla volar, que alucine y se crea que hay realidades aparte. Sí, pastillitas, almacenadas en un tubo como de Sweet Tarts resolviéndome la existencia. No necesito un horóscopo mágico, no necesito saber que un ángel me cuida, no necesito entrar a un club de solteros, divorciados o masturbadores compulsivos. Me bastan mis pastillitas y una botella que tenga algo bueno adentro. La buena música, el paisaje y la compañía pueden ser bue-nos accesorios, pero prescindibles. En realidad hace falta poquísimo para lograr hacerme pendeja. Por ahora estoy feliz. Mi felicidad es una niña en patines de hielo deslizándose a toda velocidad por una delgada superficie a punto de romperse. Bajo el hielo hay un abismo sin fondo poblado de monstruos (Ahí debe habitar el monstruo de la taza del baño por cierto) Pero en este momento la niña está patinando como si nada. Si la capa de hielo es gruesa o está a punto de derretirse es cosa que le tie-ne sin cuidado. Hoy estoy patinando, mañana quien sabe. No hay que buscarle muchos misterio donde no lo hay. Amber Ara-vena está feliz porque está deprimida y punto. La combinación de Tafil, Casillero del Diablo, té de coca y una visión del Pací-fico al atardecer es una excelente receta. La fórmula de la felicidad que buscaron los alquimistas. No es eterna por supuesto Pero ¿Que hay eterno en esta vida?
Lo que yace en el culo de Amber Aravena
Este pedazo de fibra óptica será como los jardines a donde papá me llevaba a cagar. Ustedes disculpen la peste.
Wednesday, January 29, 2003
Tuesday, January 28, 2003
Tal vez debí haber empezado a escribir durante el viaje. Hubiera sido muy emocionante. Mi primer desafío fue salir de Ore-gon sin mi licencia de manejo que había sido confiscada después del choque. En teoría, yo no podría volver a conducir un au-tomóvil ni podría aspirar a solicitar una nueva licencia hasta que mi terapeuta firmara una carta en donde constara que lleva-ba más de un año libre del alcoholismo. De hecho jurídicamente yo estoy todavía sometida a proceso y además de mi rehabi-litación obligatoria, debo acreditar horas de servicio social cada sábado. Para estas fechas debo haber recibido varios citato-rios. Salí de New Port a bordo de mi Durango. Mi primer copiloto fue una botella de litro de Jack Daniels que compré en la primera gasolinera en que paré. También tuve la precaución de cargar algo de hierba dentro de una lata vacía. Sabía bien que la más mínima infracción policial me transformaría de inmediato en huésped de la cárcel por reincidente. Pero como ya he di-cho, cuando salí de casa no tenía demasiada prisa por llegar a ningún sitio en especial. Me resigné a que mi destino fuera ser detenida en la esquina de mi calle por el patrullero del sector, que tan bien me conocía o matarme en la carretera.
Por lo menos la pasada Navidad fue digna de recordarse. Pasé toda la noche recorriendo el Golden Gate, ida y vuelta una y otra vez. Si fuera tan maniática de las cifras como Derek, hubiera contado más de 10 vueltas en ambos sentidos. Tal vez fue-ron muchas más. Llegué cuando estaba atardeciendo y cruzar el puente me produjo tal excitación que decidí hacerlo otra vez. La segunda fue mejor que la primera, así que hubo una tercera y después una cuarta y así hasta que amaneció y el tanque de la gasolina estuvo vacío. Solo detuve dos veces la marcha, ambas para descorchar una botella de Casillero del Diablo. Minu-tos antes, en una licorería de San Francisco, compré todas las existencias de Casillero que había en la cava, 17 botellas para ser precisos (ya me estoy pareciendo a Derek) Bebí las dos botellas mientras recorría el Golden Gate pisando al fondo el ace-lerador. En el stereo puse un disco de Mercedes Sosa. Por un momento pensé que ese era mi destino último. El Carpe Diem total estaba en recorrer un puente de un lado a otro. ¿Podía alguien impedírmelo? Suponiendo que no fuera consumiendo al-cohol, no estaba haciendo nada ilegal ¿O se puede impedir a una ciudadana que dedique el resto de su vida a dar vueltas en un puente? ¿Que las parecería? Mientras la sociedad mundial hablaba horrorizada del terrorismo y el Presidente regaba las flores de la guerra, mientras un millón de imbéciles ahorraban para comprar una casa y otro millón huía de sus deudas credi-ticias, Amber Aravena había encontrado el sentido de la vida en recorrer un puente. Tal vez hasta pude declararme a mi misma como la fundadora de una secta cuyo único ritual de pertenencia fuera el gastar la gasolina dando vueltas en el Gol-den Gate. Pero mi papel de sacerdotisa de la nueva secta se extinguió al amanecer del día de Navidad. Dos botellas de Casi-llero habían tocado fondo y yo me estaba durmiendo en el volante. Pensé dejarlo al azar,. como sise tratara de apostar que su-cedería primero: Mi detención a cargo de un policía californiano o mi estrellamiento contra uno de los barrotes del puente. Increíblemente, ni una de las dos cosas sucedió y dado que hasta mi instinto suicida parecía estar amodorrado, acabé por lar-garme del puente para ir a dormir a un hotelucho en el Barrio Chino. Dormí casi de corrido hasta el amanecer del otro día. Cuando desperté ya era 26 de diciembre. Debo haber dormido unas 22 horas. El anciano chino se tomó la libertad de entrar al cuarto en la mañana para verificar que no me hubiera suicidado. “Disculpe, pero en esta época la gente se siente sola y les da por matarse”, se justificó. me largué del hotelucho y volví al Golden Gate no sin antes volver a llenar el tanque de la Duran-go dispuesta a agotarlo dando vueltas. Pero ahora me aburrí muy pronto. Luego de la tercera vuelta ya estaba harta del Gol-den Gate y de San Francisco, así que volví a largarme a la carretera. Manejé sin parar hasta Santa Bárbara.
Monday, January 27, 2003
Si de verdad estas palabras tienen un lector, lo mejor es que sea un poco más explicativa acerca de mi situación. El impro-bable lector podrá deducir por mis constantes referencias que estoy en Los Cabos México. Me encuentro dentro de una casita de dos plantas y una terraza ubicada en una playa del lado del Océano Pacífico. La aclaración es pertinente, pues si la playa estuviera a del lado del Mar de Cortés, las olas serían un niño dócil, un animalito doméstico. Pero yo estoy justo donde comienza el otro lado, a menos de un kilómetro de la punta peninsular, donde ambos mares se unen frente la prototípica tarjeta postal de este sitio, un arco natural sobre una lengua de arena. El Pacífico es un animal salvaje. De este lado de la Península el agua es incluso más fría. He visto nadar a algunos cetáceos muy cerca de la playa. Delfines o toninas supongo. No hay turistas en los alrededores. La casa que ocupo es integrante de un conjunto de 12 viviendas exactamente iguales. Supongo que nadie vive aquí en forma permanente y tan solo vienen a pasar vacaciones. Solo he visto gente en cuatro casas. Parejas de gringos, todos ancianos que salen ritualmente a contemplar el atardecer. Dos de las parejas me dedicaron un amable saludo el pasado viernes. Por fortuna las dos viviendas que están a un lado de la mía están vacías. He limpiado la casa, aunque en lo que al orden se refiere Lexy la tiene casi impecable. Parece mentira que hace más de siete meses que nadie se para a aquí. Lexy me dijo que puedo permanecer en la casa el tiempo que quiera. El tiempo que quiera puede expirar en este instante o prolongarse por la eternidad. Pero aún en mi caso le eternidad puede ser cosa de minutos. Tal vez Lexy esté acostumbrada a mi inconsistencia. Tal vez piense que antes de una semana estaré de regreso en casa. Animal sociable como es, no puede concebir que alguien resista tanto tiempo en compañía de su propia soledad.
Llegué aquí el 23 de enero. Tal vez se valga presumirle a mi improbable lector que yo he llegando hasta aquí conduciendo una camioneta Durango color verde desde la ciudad de New Port Oregon, en donde hasta el mes pasado aún habitaba. Por carretera recorrí Oregon, California y la Península mexicana de Baja California. Salí de New Port la mañana del 19 de di-ciembre. Al salir no tenía prisa alguna por llegar. Ni siquiera estaba segura de querer llegar a alguna parte. El 13 de diciembre ví por última vez a Derek. Quise entregarle todas las cosas de Connor, pero las rechazó. Nuestra despedida fue la de los so-cios de un fideicomiso que se disuelve al cumplir el objeto para el que fue creado. Cuentas claras, inventarios repartidos, cero rencores y un apretón de manos. En realidad Dereek y yo tuvimos des un principio una relación de socios. El objetivo de la creación de este fideicomiso matrimonial fue Connor. Utilizando el más puro estilo de Derek, diré que suprimido el objetivo, el fideicomiso automáticamente dejó de existir. El objetivo de nuestra unión no fue la supervivencia de Connor, sino el rega-larle algo que se pareciera la ternura materna en sus últimos meses de vida. Aunque ambos estábamos resignados a que mo-riría, sus últimos meses de vida se prolongaron cuatro años, gracias a los horribles tratamientos a los que lo sometimos. Nos dedicamos a alargar su agonía y sufrimiento como dos verdugos despiadados.
A mi improbable y metiche lector que tanto deseo y a la vez odio llegar a tener, debo aclararle que yo no fui a los tribunales para exigir un divorcio económicamente provechoso. Fue Derek quien se decidió comportar como un socio generoso. Su ge-nerosidad, por supuesto, constó por escrito y fue legalizada. Después de todo, Derek recurre al papeleo legal hasta para dar una limosna a un pordiosero de las calles.
Sin que yo lo solicitara, puso a mi nombre la casa en las afueras de New Port que había comprado específicamente para que Connor pudiera estar en un lugar tranquilo junto al mar. La casa es mía y puedo hacer con ella lo que deseé. También firmó ante un fedatario su compromiso de facilitarme una mensualidad de 3 mil dólares durante los próximos 53 meses contando a partir de este enero. Cumplido ese plazo dejará de enviarme dinero. Decidió hacerlo durante 53 meses porque es exactamente el tiempo en que estuvimos casados, aunque él lo señaló técnicamente como el periodo que yo me dediqué a brindar cuidados a su hijo. En el fondo Derek siente que trabajé para él y por tanto le corresponde liquidarme conforme a derecho.
La primera mensualidad debo haberla recibido ya pero no tengo prisa alguna por ir a revisar mi tarjeta bancaria. Por supues-to, ni siquiera hablamos de nuestro doble intento frustrado por ser padres.
Con Lexy llegué a un acuerdo muy favorable. Ella se encargará de ofrecer en renta mi casa de New Port, elaborar el contrato y recibir íntegra la cuota de arrendamiento. A cambio ella, me cede el uso de su casa en Cabo San Lucas, aunque no descarta venir a visitarme en la Primavera, si es que para entonces aún estoy aquí. También se compromete a no prestarla a ninguno de sus amigos o familiares mientras yo la ocupe.
Se supone que la estancia en esta casa forma parte de mi terapia de recuperación y sin duda Lexy siente que me hace un infi-nito bien, aunque estoy segura que no alcanza a comprender que yo pueda tener ganas de estar sola.
La última persona de la que me despedí en Oregon fue Azucena. Fue ella quien me recomendó abrir este blog como un susti-tuto del psicoanalista. Fue por ello que al final de cuentas decidí subir mi lap top en la Durango. En realidad mi equipaje fue muy escueto. Kleber se cansó de diagnosticarme que un rastro de mi terrible analidad era notorio en el deseo de retener de cosas. Así que decidí enviar a la mierda mi odiosa carga de objetos que cargo conmigo a todos los exilios. Tan solo cargo el retrato que me hizo mi padre. El resto de las pinturas se las dejé a Azucena. Tal vez ella encuentre algún exiliado que les de algún valor sentimental.
Se me ocurrió leer todo lo que he vomitado en este blog, solo para caer en la cuenta de que el monstruo rojo de la taza del baño ha desaparecido. La borrachera total tiene sus ventajas. En los últimos tres días olvidé que cargo conmigo un miedo. Ol-vidé que vine a Los Cabos huyendo de quien sabe que cosa. No me gusta releer algo escrito por mí. No me gusta escuchar mi voz grabada. Odio ver mi imagen filmada. Odio todo aquello que deje un maldito rastro de mí en el mundo. Pero a la vez es-toy desesperada por dejar ese rastro, como un perro que mea las llantas de cada carro y cada poste de su calle. Aunque este espacio no sea más que un recipiente de mierda, necesito atiborralo.
Los fines de semana son ágrafos. Las horas no dedicadas la escritura son dedicadas a beber. Pese a mi recién estrenada li-bertad, sigo siendo una asquerosa esclava de la semana inglesa. Y la señora semana dicta que los días viernes y sábado no so-lo deben ser consagrados a bucear en el fondo de un Casillero del Diablo, sino que además merece la pena ir en busca de aventuras. Salí, caminé y busqué algo, no sabría decir que. De cualquier manera, no encontré un carajo, así que no hay de que preocuparse.

