Wednesday, February 12, 2003


Mierda, mierda, mierda. Debo hacer un juramento, una solemne declaración por escrito: No volver a leer lo publicado en el blog Lo derramado en este recipiente de excrementos mentales debe ser para mí como las palabras, que se las lleve el viento al carajo. Claro, entonces tú, improbable lector, me preguntarás con toda justicia ¿Podrías por favor explicarme que mierda te da por subir toda esta diarrea sentimental a la red? Pues, pues...No se que contestarte. Te diré que lo único que me motiva a escribir es la muy remota posibilidad de ser leída por alguien, pero ese alguien no debo ser yo en ningún caso.
Cuando leo lo escrito por mí tiendo a sentirme la campeona de campeonas en el campeonato de lo pueril. Y no, no me mal interpretes; no es que quiera negar la historia del monstruo de la taza de baño o quiera sostener que la noche de Navidad en el Golden Gate fue una fantasía. La cuestión es que cuando leo estas anécdotas escritas siento que no reflejan ni siquiera un po-quito de lo que sentía. Pero la palabra escrita o la palabra en sí, escrita, hablada, oída o ignorada es una vía mediocre de co-municación. Transformar un sentimiento en sonido es una misión de locos.


Mi viaje en desorden

Habré manejado unas seis horas. Debo haber ido muy concentrada o con la resaca en punto elevado, pues la tercera botella de Casillero ni siquiera había tocado fondo.
¿Porque diablos cedí a la tentación de llegar a dormir al Hotel La Misión? Fue Saladín, ¿para que negarlo? Las horas que pasé en Santa Barbara fue como volver al universo Saladín. Sólo esas horas. El resto del camino no volvía a pensar en él. Conste, yo no fui la que le pedí al recepcionista que me asignara la habitación 14. Me pudieron haber dado cualquier otra o yo pude haberme negado a dormir ahí, pero no. Estaba escrito que durmiera en la habitación donde Saladín y yo pasamos dos noches. Y no improbable lector, no te voy a salir con un relato de romántica nostalgia. Sería lo más fácil. Una mujer sola, enamorada, extraña las noches de pasión con su hombre. No. Hace mucho tiempo que el recuerdo de Saladín está en su sitio. Sin suspiros, sin rencores. Pero esa noche fue imposible no pensar en él. Yo conocí Santa Barbara por Saladín y hubo una época en que pa-sábamos ahí todos los fines de semana. Solo dos noches dormimos en hotel. En ese hotel. Las demás no las dormimos o nos acomodamos en la bodega del bar donde él tocaba o en la casa del borracho que accediera a darnos posada a cambio de una fumada de la “mejor marihuana jamaiquina que ha apestado en Califronia”, según la publicidad que hacía el propio Saladín cuando quería que alguien nos invitara a dormir. La mejor marihuana jamaiquina era del propio cultivo casero de Saladín, que ni siquiera es jamaiquino, sino trinitario. Saladín era de Jamaica cuando así convenía a sus intereses. Sólo para darse aires exóticos y que la gente pensara que estaba escuchando a la mismísima reencarnación de Bob Marley. Le fascinaba exagerar su acento caribeño. Pero la mayoría de las veces detestaba que le dijeran jamaiquino. Jamaica y Trinidad son dos cosas dis-tintas. Están a muchas millas náuticas de distancia. En el espacio que separa a ambas islas hay miles de tiburones y uno que otro galeote pirata hundido. Pero el público que asistía a ver tocar a Saladín en el Kingston Dream no lo sabía ni le interesaba saberlo. El propio bar promocionaba a la banda The Bembé Roots como la sensación de Jamaica. Ninguno de sus cinco miembros era jamaiquino. Saladín y su hermano Dwight eran los únicos caribeños de nacimiento. El resto tenía su flamante pasaporte de los Estados Unidos y jamás pisó Jamaica. Aquella noche fui al Kingston Dream pero ya no existe más. Desde hace más de dos años es un cantabar de folk.
Era 27 de diciembre. La noche estaba deliciosa. Caminé por muchas de las callecitas donde Saladín y yo anduvimos tantas veces tambaleando de borrachos. Llegué a una galería de arte donde se celebraba una exposición. Y mira que cosas, el pintor resultó ser Don Pancho Cabello, alguien que de joven fue alumno en el efímero taller que abrió papá en Coyoacán. Creo que ese señor es, aparte de mí, la única persona en la faz de la tierra que tiene un recuerdo de papá como pintor. Bueno, tal vez alguno que otro de los exiliados chilenos que viven en México conserven aún los retratos que les hizo. En fin. A Cabello le dio mucho gusto verme. Es un pintor que basa su obra en imágenes de parejas bailando en la penumbra. Tiene predilección por los tangos. Lo conocí en una galería de San Diego, hace unos cinco años, poco antes de casarme con Derek. Quien sabe como fuimos atando cabos en plena conversación de borrachos aquella vez. Debo haber sido yo quien le dije “sabe usted, mi padre fue pintor” y salió entonces que él había sido su discípulo en los dos meses y medio que funcionó su taller. El univer-so es un lugar muy pequeño, no cabe duda. Aquella noche en Santa Barbara fue la más feliz de mi viaje. Hasta acabé bailando tango con Don Pancho después de descorchar un Santa Elena blanco. Le juré ir a visitarlo a su casa al llegar a Rosarito. Quedamos muy formalmente de vernos. Me fui caminando al hotel. Todavía bebí un poco antes de caer dormida. Volví a despertar tarde. Mentiría si dijera que soñé con Saladín, aunque todavía durante la mañana pensé en él. Su recuerdo decidió largarse de mi mente solo hasta que abandoné Santa Barbara. Una vez en la carretera solo pensaba en salir del territorio de Estados Unidos. Decidí no hacer más altos en el camino. Llené el tanque de gasolina y pisé a fondo el acelerador. Cuando ca-ía la noche estaba entrando en Tijuana.