Tuesday, May 15, 2007

La liguilla sin los Tigres es un cielo sin estrellas, un bosque sin árboles, una mujer agria sin mayor gracia ni atributo. No me interesa lo que viene. No veré la semifinal ni la final. Mi interés futbolístico se centra en la suerte del Liverpool. Los demás pueden hacer de su vida un cacahuate.

Malebolge es la palabra con la que Dante llamó al remolino del Infierno en la Divina Comedia. Un hervidero caótico y amorfo en donde los gritos de los condenados se confunden con las risotadas de los demonios.


Reseña Snakes and Arrows Rush

Por Daniel Salinas Basave

En el pandemonio del rock hay ciertas deidades, muy pocas por cierto, que hace algún tiempo volaron mucho más allá del bien y del mal para entrar a una suerte de estado de gracia.
No pueden considerarse comerciales en el estricto sentido de la palabra, pero llenan estadios con sold out en casi toda su gira y aunque no están de moda ni se cuelan al primer puesto del top 40, cuentan con legiones de fans tan sólidas y fieles, que pueden convertirse en autistas del rock y desentenderse del mundo de la música actual.
Rush cumple la edad de la crucifixión, pero no hay clavos ni corona de espinas a la vista. 33 años han transcurrido desde que un trío de adolescentes de Toronto encontraran su camino pegando es grito zeppeliano con Finding my Way y empezaran a labrar carrera con ese riff denso de Working Man.
No se puede hablar de un auténtico complejo camaleónico como el de Bowie, pero lo cierto es que las diferentes etapas de Rush, sin llegar a ser contrastantes, marcan importantes diferencias.
El Rush prehistórico de 1974 sonaba terriblemente a Led Zeppelin, aunque la genial vena progresiva ya asomaba por ahí
Transcurrieron los setenta y el virtuosismo progre emprendió un viaje de ciencia ficción por las estrellas que trajo como resultado un himno como 2112.
Los retratos movientes inauguraron los ochenta y el sonido de Rush llegaba a los cielos, aunque con la década perdida llegó también la sobredosis de sintetizador. Los 90 trajeron esa mínima aunque para muchos imperdonable dosis de rap en Roll the Bones.
Rush recibió el nuevo milenio con Vapor Trails que para algunos fue una sutil vuelta a los orígenes rockeros de los primeros setenta y ahora, tras 33 añitos, con ustedes las serpientes y las flechas.
¿A qué suena el Snakes and Arrows? A Rush, así de simple. Una definición de primera escuchada concluiría que Snakes and Arrows es una continuación del Vapor Trails y que Rush no se apartó del camino con que inició el milenio. Cierto, el trío estrena productor en la persona de Alex Raskulinecz, un tipo que ha trabajado con Velvet Revolver y Foo Fighters, lo que de entrada pudo anticipar un cambio en el sonido aunque luego de más de diez escuchadas no lo encuentro. Rush suena exactamente como siempre. ¿Habrá acaso un sacrílego productor que se atreva de golpe y porrazo a cambiar su sonido? Alex no lo hizo e hizo bien.
Pero vamos al grano, que el espacio se acaba. Antes que nada y por siempre, la batería. El cordial recibimiento a Snakes and Arrows es la batería de Neil Peart cuyo protagonismo vuelve a ser la piedra angular del álbum.
Vale la pena comentar que Peart, alias el mejor baterista del Universo, escribió todas y cada una de las letras del álbum sin ayuda de nadie, aunque Lee y Lifeson metieron su cuchara en la música.
Peart, a quien la trágica muerte de su esposa e hija en un accidente cambió la existencia para siempre, es el cerebro tras Snakes and Arrows. Un álbum con algo de melancolía y mucho de misticismo y reflexión, sensación que crece si uno se da a la tarea de leer las letras y contemplar detenidamente el arte.
Eso sí, la voz de Geddy Lee sigue tan aguda como siempre y su técnica con el bajo sigue siendo de impresionante solidez, mientras que el maestro Alex Lifeson demuestra una vez más que además de virtuoso de la guitarra, no le teme a la experimentación con otros instrumentos, pues se permite usar la mandolina en “Workin Them Angels”.
La primera canción Far Cry abre con tremendo batacazo de Peart y es quizá la más pegajosa del álbum, sensación que contrasta con la aparente calma de Armor and Sword.
¿Un auténtico trancazo de canción? Workin Them Angels, con su guiño en la letra y el sonido al legendario Moving Pictures. Spindrift va de escolta con esa guitarra en sincronía con voces pausadas y qué decir del genial solo acústico que Lifeson nos regala en la reflexiva Hope.
Un disco por cierto con tres temas instrumentales y cierto epílogo juguetón con la inclusión del sonido original de la película canadiense de marionetas Team América: World Police en la penúltima canción Malignant Narcissim.
En resumen, este álbum no será piedra angular de su carrera, ni testamento, ni nota suicida, ni cambio de dirección, ni canto de cisne. Es un disco de Rush, uno más, que vale la pena ser escuchado. Sus fans sin duda lo amarán y para los neófitos es una excelente puerta de entrada, pues si bien este álbum no será Moving Pictures o 2112, sí que tiene el néctar de la pura esencia rushiana y esa esencia es en todos los casos delicia absoluta.

La liguilla sin los Tigres es un cielo sin estrellas, un bosque sin árboles, una mujer agria sin mayor gracia ni atributo. No me interesa lo que viene. No veré la semifinal ni la final. Mi interés futbolístico se centra en la suerte del Liverpool. Los demás pueden hacer de su vida un cacahuate.

Malebolge es la palabra con la que Dante llamó al remolino del Infierno en la Divina Comedia. Un hervidero caótico y amorfo en donde los gritos de los condenados se confunden con las risotadas de los demonios.


Reseña Snakes and Arrows Rush

Por Daniel Salinas Basave

En el pandemonio del rock hay ciertas deidades, muy pocas por cierto, que hace algún tiempo volaron mucho más allá del bien y del mal para entrar a una suerte de estado de gracia.
No pueden considerarse comerciales en el estricto sentido de la palabra, pero llenan estadios con sold out en casi toda su gira y aunque no están de moda ni se cuelan al primer puesto del top 40, cuentan con legiones de fans tan sólidas y fieles, que pueden convertirse en autistas del rock y desentenderse del mundo de la música actual.
Rush cumple la edad de la crucifixión, pero no hay clavos ni corona de espinas a la vista. 33 años han transcurrido desde que un trío de adolescentes de Toronto encontraran su camino pegando es grito zeppeliano con Finding my Way y empezaran a labrar carrera con ese riff denso de Working Man.
No se puede hablar de un auténtico complejo camaleónico como el de Bowie, pero lo cierto es que las diferentes etapas de Rush, sin llegar a ser contrastantes, marcan importantes diferencias.
El Rush prehistórico de 1974 sonaba terriblemente a Led Zeppelin, aunque la genial vena progresiva ya asomaba por ahí
Transcurrieron los setenta y el virtuosismo progre emprendió un viaje de ciencia ficción por las estrellas que trajo como resultado un himno como 2112.
Los retratos movientes inauguraron los ochenta y el sonido de Rush llegaba a los cielos, aunque con la década perdida llegó también la sobredosis de sintetizador. Los 90 trajeron esa mínima aunque para muchos imperdonable dosis de rap en Roll the Bones.
Rush recibió el nuevo milenio con Vapor Trails que para algunos fue una sutil vuelta a los orígenes rockeros de los primeros setenta y ahora, tras 33 añitos, con ustedes las serpientes y las flechas.
¿A qué suena el Snakes and Arrows? A Rush, así de simple. Una definición de primera escuchada concluiría que Snakes and Arrows es una continuación del Vapor Trails y que Rush no se apartó del camino con que inició el milenio. Cierto, el trío estrena productor en la persona de Alex Raskulinecz, un tipo que ha trabajado con Velvet Revolver y Foo Fighters, lo que de entrada pudo anticipar un cambio en el sonido aunque luego de más de diez escuchadas no lo encuentro. Rush suena exactamente como siempre. ¿Habrá acaso un sacrílego productor que se atreva de golpe y porrazo a cambiar su sonido? Alex no lo hizo e hizo bien.
Pero vamos al grano, que el espacio se acaba. Antes que nada y por siempre, la batería. El cordial recibimiento a Snakes and Arrows es la batería de Neil Peart cuyo protagonismo vuelve a ser la piedra angular del álbum.
Vale la pena comentar que Peart, alias el mejor baterista del Universo, escribió todas y cada una de las letras del álbum sin ayuda de nadie, aunque Lee y Lifeson metieron su cuchara en la música.
Peart, a quien la trágica muerte de su esposa e hija en un accidente cambió la existencia para siempre, es el cerebro tras Snakes and Arrows. Un álbum con algo de melancolía y mucho de misticismo y reflexión, sensación que crece si uno se da a la tarea de leer las letras y contemplar detenidamente el arte.
Eso sí, la voz de Geddy Lee sigue tan aguda como siempre y su técnica con el bajo sigue siendo de impresionante solidez, mientras que el maestro Alex Lifeson demuestra una vez más que además de virtuoso de la guitarra, no le teme a la experimentación con otros instrumentos, pues se permite usar la mandolina en “Workin Them Angels”.
La primera canción Far Cry abre con tremendo batacazo de Peart y es quizá la más pegajosa del álbum, sensación que contrasta con la aparente calma de Armor and Sword.
¿Un auténtico trancazo de canción? Workin Them Angels, con su guiño en la letra y el sonido al legendario Moving Pictures. Spindrift va de escolta con esa guitarra en sincronía con voces pausadas y qué decir del genial solo acústico que Lifeson nos regala en la reflexiva Hope.
Un disco por cierto con tres temas instrumentales y cierto epílogo juguetón con la inclusión del sonido original de la película canadiense de marionetas Team América: World Police en la penúltima canción Malignant Narcissim.
En resumen, este álbum no será piedra angular de su carrera, ni testamento, ni nota suicida, ni cambio de dirección, ni canto de cisne. Es un disco de Rush, uno más, que vale la pena ser escuchado. Sus fans sin duda lo amarán y para los neófitos es una excelente puerta de entrada, pues si bien este álbum no será Moving Pictures o 2112, sí que tiene el néctar de la pura esencia rushiana y esa esencia es en todos los casos delicia absoluta.

Monday, May 14, 2007

Soy Amber Aravena y de vez en cuando me da por estar muerta.

Soy Amber Aravena y practico el deporte de mirar tempestades sin arrodillarme.

Soy Amber Aravena, enferma terminal de si misma, acelerando la terminación que nunca termina-

Wednesday, February 14, 2007

Soy Amber Aravena y en este espacio pienso limpiar mi culo

Soy Amber Aravena y no pido como Fausto la juventud y la sabiduría. Sólo le pido al Diablo que me conceda el eterno olvido.

Soy Amber Aravena y no quiero renacer de mis cenizas

Friday, July 02, 2004

Yo soy Amber Aravena. Un deseo que desea desear, con un culo que no quiere retener. Soy Amber Aravena, tan eterna y fatua, tan imposible, tan, tan. tan..estos es una prueba

Wednesday, February 12, 2003


Mierda, mierda, mierda. Debo hacer un juramento, una solemne declaración por escrito: No volver a leer lo publicado en el blog Lo derramado en este recipiente de excrementos mentales debe ser para mí como las palabras, que se las lleve el viento al carajo. Claro, entonces tú, improbable lector, me preguntarás con toda justicia ¿Podrías por favor explicarme que mierda te da por subir toda esta diarrea sentimental a la red? Pues, pues...No se que contestarte. Te diré que lo único que me motiva a escribir es la muy remota posibilidad de ser leída por alguien, pero ese alguien no debo ser yo en ningún caso.
Cuando leo lo escrito por mí tiendo a sentirme la campeona de campeonas en el campeonato de lo pueril. Y no, no me mal interpretes; no es que quiera negar la historia del monstruo de la taza de baño o quiera sostener que la noche de Navidad en el Golden Gate fue una fantasía. La cuestión es que cuando leo estas anécdotas escritas siento que no reflejan ni siquiera un po-quito de lo que sentía. Pero la palabra escrita o la palabra en sí, escrita, hablada, oída o ignorada es una vía mediocre de co-municación. Transformar un sentimiento en sonido es una misión de locos.


Mi viaje en desorden

Habré manejado unas seis horas. Debo haber ido muy concentrada o con la resaca en punto elevado, pues la tercera botella de Casillero ni siquiera había tocado fondo.
¿Porque diablos cedí a la tentación de llegar a dormir al Hotel La Misión? Fue Saladín, ¿para que negarlo? Las horas que pasé en Santa Barbara fue como volver al universo Saladín. Sólo esas horas. El resto del camino no volvía a pensar en él. Conste, yo no fui la que le pedí al recepcionista que me asignara la habitación 14. Me pudieron haber dado cualquier otra o yo pude haberme negado a dormir ahí, pero no. Estaba escrito que durmiera en la habitación donde Saladín y yo pasamos dos noches. Y no improbable lector, no te voy a salir con un relato de romántica nostalgia. Sería lo más fácil. Una mujer sola, enamorada, extraña las noches de pasión con su hombre. No. Hace mucho tiempo que el recuerdo de Saladín está en su sitio. Sin suspiros, sin rencores. Pero esa noche fue imposible no pensar en él. Yo conocí Santa Barbara por Saladín y hubo una época en que pa-sábamos ahí todos los fines de semana. Solo dos noches dormimos en hotel. En ese hotel. Las demás no las dormimos o nos acomodamos en la bodega del bar donde él tocaba o en la casa del borracho que accediera a darnos posada a cambio de una fumada de la “mejor marihuana jamaiquina que ha apestado en Califronia”, según la publicidad que hacía el propio Saladín cuando quería que alguien nos invitara a dormir. La mejor marihuana jamaiquina era del propio cultivo casero de Saladín, que ni siquiera es jamaiquino, sino trinitario. Saladín era de Jamaica cuando así convenía a sus intereses. Sólo para darse aires exóticos y que la gente pensara que estaba escuchando a la mismísima reencarnación de Bob Marley. Le fascinaba exagerar su acento caribeño. Pero la mayoría de las veces detestaba que le dijeran jamaiquino. Jamaica y Trinidad son dos cosas dis-tintas. Están a muchas millas náuticas de distancia. En el espacio que separa a ambas islas hay miles de tiburones y uno que otro galeote pirata hundido. Pero el público que asistía a ver tocar a Saladín en el Kingston Dream no lo sabía ni le interesaba saberlo. El propio bar promocionaba a la banda The Bembé Roots como la sensación de Jamaica. Ninguno de sus cinco miembros era jamaiquino. Saladín y su hermano Dwight eran los únicos caribeños de nacimiento. El resto tenía su flamante pasaporte de los Estados Unidos y jamás pisó Jamaica. Aquella noche fui al Kingston Dream pero ya no existe más. Desde hace más de dos años es un cantabar de folk.
Era 27 de diciembre. La noche estaba deliciosa. Caminé por muchas de las callecitas donde Saladín y yo anduvimos tantas veces tambaleando de borrachos. Llegué a una galería de arte donde se celebraba una exposición. Y mira que cosas, el pintor resultó ser Don Pancho Cabello, alguien que de joven fue alumno en el efímero taller que abrió papá en Coyoacán. Creo que ese señor es, aparte de mí, la única persona en la faz de la tierra que tiene un recuerdo de papá como pintor. Bueno, tal vez alguno que otro de los exiliados chilenos que viven en México conserven aún los retratos que les hizo. En fin. A Cabello le dio mucho gusto verme. Es un pintor que basa su obra en imágenes de parejas bailando en la penumbra. Tiene predilección por los tangos. Lo conocí en una galería de San Diego, hace unos cinco años, poco antes de casarme con Derek. Quien sabe como fuimos atando cabos en plena conversación de borrachos aquella vez. Debo haber sido yo quien le dije “sabe usted, mi padre fue pintor” y salió entonces que él había sido su discípulo en los dos meses y medio que funcionó su taller. El univer-so es un lugar muy pequeño, no cabe duda. Aquella noche en Santa Barbara fue la más feliz de mi viaje. Hasta acabé bailando tango con Don Pancho después de descorchar un Santa Elena blanco. Le juré ir a visitarlo a su casa al llegar a Rosarito. Quedamos muy formalmente de vernos. Me fui caminando al hotel. Todavía bebí un poco antes de caer dormida. Volví a despertar tarde. Mentiría si dijera que soñé con Saladín, aunque todavía durante la mañana pensé en él. Su recuerdo decidió largarse de mi mente solo hasta que abandoné Santa Barbara. Una vez en la carretera solo pensaba en salir del territorio de Estados Unidos. Decidí no hacer más altos en el camino. Llené el tanque de gasolina y pisé a fondo el acelerador. Cuando ca-ía la noche estaba entrando en Tijuana.


Wednesday, January 29, 2003



Estoy deprimida. Estoy oficial, científica y soberanamente deprimida. Las causas varían según el psiquiatra. El efecto es el mismo. Aquí sí no hay vuelta de hoja ni lugar al debate ¿Que le pasa a Amber Aravena? pregunta al unísono el Colegio de Psiquiatras del quinto infierno. E-S-T-Á D-E-P-R-I-M-ID-A-A-A contestan en coro doctores, enfermeras, pacientes, masco-tas. Ya ven, tan fácil que es aceptarlo. Amber Aravena está deprimida ¿Que tiene de particular? Kleber llegó a diagnosticar-me que la depresión es mi estado natural. Dijo algo así que en la oscuridad de mis estados depresivos yo me muevo como un pez en el agua. Tal vez debió haber sustituido la metáfora por un lagarto en el pantano o una lombriz en el lodo. sería más apropiado. En fin, es lo de menos.
Así que una vez aceptado el padecimiento, no me resta más que gozar de la depresión. Y tú, improbable lector, ¿Que piensas al respecto? Sin duda dirás, y te doy toda razón, que una de las formas más acabadas del tedio es leer el diario cibernético de una mujer deprimida. ¡Estoy deprimida, estoy deprimida, que emoción¡ Te felicito si has decidido ir a explorar a otro sitio.Ya bastante tienes con que en el escaparate de la librería te encuentres a una pendeja que se hizo millonaria contándole al mundo de su depresión y presumiendo las bondades del mierdozo prozac. Conste, tú sabes lo que haces. Leer que una mujer próxima a cumplir los 33 años se fue de viaje con su depresión a encerrarse en una casa playera es digno de una mala tarde dominguera de la peor calaña. Pero espera, espera, debes detenerte, porque ya he dicho antes que mi depresión no es sinóni-mo de tristeza ni angustia. No, de hecho estoy feliz. ¿Te ríes? Pues para mí no hay nada nuevo bajo el sol. Dado que en la biografía no autorizada de mi loca cabeza ya han desfilado todas las formas posibles de demencia, no debo sorprenderme por mi repentina felicidad. Todo, absolutamente todo tiene una explicación química. Después de todo no somos tan complicados como creemos. La cabeza es como un vil radiador de carro. En este caso es un atiborre de masa encefálica flotando en cierta mierda gelatinosa. Le faltan o le sobran ciertos fluidos incomprensibles como a cualquier maquinita. Y lo puedes controlar. Es como un maldito videojuego donde tú, o más bien el psiquiatra tiene el control ¿Porque crees que son millonarios los doc-tores de la mente? Lo único que tiene que encontrar es la ecuación adecuada, la receta de cocina que sea capaz de producir la reacción química esperada. A la mierda con eso de “mírate al espejo y di hoy seré la más feliz del universo”. A la mierda con el “tú vales mucho y eres una gran persona”, métanse por el culo lo “de soy hermosa interior y exteriormente” lo del angelito de la guarda, el aura positiva, el signo zodiacal, la energía de Venus y la segunda venida de nuestro Señor. Después de un largo kilometraje psiquiátrico me di cuenta de que esto es más sencillo de lo que parece. Pastillita mata autosugestión. ¿Para que complicarse la vida? El Carpe Diem sintético es el único camino posible. Pastillitas para arriba, pastillitas para abajo. Pa-ra dormir, para despertarse. Para alegrarse, para entristecerse. Para ponerse cachonda, melancólica, estudiosa, romántica, apá-tica. Si la maquinita cerebral se sale de la carretera, la pones estable con una pastillita. Si la máquina se sobrecalienta por es-tar tanto tiempo en el camino correcto, entonces hay que hacerla volar, que alucine y se crea que hay realidades aparte. Sí, pastillitas, almacenadas en un tubo como de Sweet Tarts resolviéndome la existencia. No necesito un horóscopo mágico, no necesito saber que un ángel me cuida, no necesito entrar a un club de solteros, divorciados o masturbadores compulsivos. Me bastan mis pastillitas y una botella que tenga algo bueno adentro. La buena música, el paisaje y la compañía pueden ser bue-nos accesorios, pero prescindibles. En realidad hace falta poquísimo para lograr hacerme pendeja. Por ahora estoy feliz. Mi felicidad es una niña en patines de hielo deslizándose a toda velocidad por una delgada superficie a punto de romperse. Bajo el hielo hay un abismo sin fondo poblado de monstruos (Ahí debe habitar el monstruo de la taza del baño por cierto) Pero en este momento la niña está patinando como si nada. Si la capa de hielo es gruesa o está a punto de derretirse es cosa que le tie-ne sin cuidado. Hoy estoy patinando, mañana quien sabe. No hay que buscarle muchos misterio donde no lo hay. Amber Ara-vena está feliz porque está deprimida y punto. La combinación de Tafil, Casillero del Diablo, té de coca y una visión del Pací-fico al atardecer es una excelente receta. La fórmula de la felicidad que buscaron los alquimistas. No es eterna por supuesto Pero ¿Que hay eterno en esta vida?

Tuesday, January 28, 2003


Tal vez debí haber empezado a escribir durante el viaje. Hubiera sido muy emocionante. Mi primer desafío fue salir de Ore-gon sin mi licencia de manejo que había sido confiscada después del choque. En teoría, yo no podría volver a conducir un au-tomóvil ni podría aspirar a solicitar una nueva licencia hasta que mi terapeuta firmara una carta en donde constara que lleva-ba más de un año libre del alcoholismo. De hecho jurídicamente yo estoy todavía sometida a proceso y además de mi rehabi-litación obligatoria, debo acreditar horas de servicio social cada sábado. Para estas fechas debo haber recibido varios citato-rios. Salí de New Port a bordo de mi Durango. Mi primer copiloto fue una botella de litro de Jack Daniels que compré en la primera gasolinera en que paré. También tuve la precaución de cargar algo de hierba dentro de una lata vacía. Sabía bien que la más mínima infracción policial me transformaría de inmediato en huésped de la cárcel por reincidente. Pero como ya he di-cho, cuando salí de casa no tenía demasiada prisa por llegar a ningún sitio en especial. Me resigné a que mi destino fuera ser detenida en la esquina de mi calle por el patrullero del sector, que tan bien me conocía o matarme en la carretera.
Por lo menos la pasada Navidad fue digna de recordarse. Pasé toda la noche recorriendo el Golden Gate, ida y vuelta una y otra vez. Si fuera tan maniática de las cifras como Derek, hubiera contado más de 10 vueltas en ambos sentidos. Tal vez fue-ron muchas más. Llegué cuando estaba atardeciendo y cruzar el puente me produjo tal excitación que decidí hacerlo otra vez. La segunda fue mejor que la primera, así que hubo una tercera y después una cuarta y así hasta que amaneció y el tanque de la gasolina estuvo vacío. Solo detuve dos veces la marcha, ambas para descorchar una botella de Casillero del Diablo. Minu-tos antes, en una licorería de San Francisco, compré todas las existencias de Casillero que había en la cava, 17 botellas para ser precisos (ya me estoy pareciendo a Derek) Bebí las dos botellas mientras recorría el Golden Gate pisando al fondo el ace-lerador. En el stereo puse un disco de Mercedes Sosa. Por un momento pensé que ese era mi destino último. El Carpe Diem total estaba en recorrer un puente de un lado a otro. ¿Podía alguien impedírmelo? Suponiendo que no fuera consumiendo al-cohol, no estaba haciendo nada ilegal ¿O se puede impedir a una ciudadana que dedique el resto de su vida a dar vueltas en un puente? ¿Que las parecería? Mientras la sociedad mundial hablaba horrorizada del terrorismo y el Presidente regaba las flores de la guerra, mientras un millón de imbéciles ahorraban para comprar una casa y otro millón huía de sus deudas credi-ticias, Amber Aravena había encontrado el sentido de la vida en recorrer un puente. Tal vez hasta pude declararme a mi misma como la fundadora de una secta cuyo único ritual de pertenencia fuera el gastar la gasolina dando vueltas en el Gol-den Gate. Pero mi papel de sacerdotisa de la nueva secta se extinguió al amanecer del día de Navidad. Dos botellas de Casi-llero habían tocado fondo y yo me estaba durmiendo en el volante. Pensé dejarlo al azar,. como sise tratara de apostar que su-cedería primero: Mi detención a cargo de un policía californiano o mi estrellamiento contra uno de los barrotes del puente. Increíblemente, ni una de las dos cosas sucedió y dado que hasta mi instinto suicida parecía estar amodorrado, acabé por lar-garme del puente para ir a dormir a un hotelucho en el Barrio Chino. Dormí casi de corrido hasta el amanecer del otro día. Cuando desperté ya era 26 de diciembre. Debo haber dormido unas 22 horas. El anciano chino se tomó la libertad de entrar al cuarto en la mañana para verificar que no me hubiera suicidado. “Disculpe, pero en esta época la gente se siente sola y les da por matarse”, se justificó. me largué del hotelucho y volví al Golden Gate no sin antes volver a llenar el tanque de la Duran-go dispuesta a agotarlo dando vueltas. Pero ahora me aburrí muy pronto. Luego de la tercera vuelta ya estaba harta del Gol-den Gate y de San Francisco, así que volví a largarme a la carretera. Manejé sin parar hasta Santa Bárbara.